La Música del Universo

¿A quién no le viene un subidón al escuchar su canción favorita en la ducha o cantarla a pleno pulmón mientras está conduciendo? Tal es el poder de la música para nosotros, y de hecho, es uno de los mejores remedios para gestionar nuestras emociones. Conoces esa frase que dice “¿Quién canta sus males espanta?”.



Y es que no olvidemos que, en primer término, la música es vibración. Y, como tal, resuena con nosotros dentro del océano vibratorio en el que vivimos y del cual formamos parte 😉.


La música se define como el arte de crear, coordinar y transmitir sonidos según los principios del ritmo (movimiento marcado por la sucesión regular de condiciones opuestas, como por ejemplo fuerte y flojo), la melodía (sucesión de sonidos que se perciben como una única entidad) y la armonía (capacidad de enlazar acordes, que son notas simultáneas, equilibrando las proporciones entre las distintas partes del todo). Con ello se crean obras que nos gustan y nos encanta escuchar (¡y hasta se nos pegan!).


La música en sí se considera un arte inmaterial que es patrimonio cultural de cada uno de los pueblos de la humanidad, los cuales enriquecen sus composiciones según el contexto sociocultural e histórico en el que viven. Tiene distintas funciones, tanto expresar sentimientos y emociones, como transmitir circunstancias, hechos, situaciones o ideas. De hecho se conoce que la música ayuda al desarrollo cerebral desde la más tierna infancia, ayudando a crear el lenguaje y aprender lenguas no nativas, estimular el pensamiento lógico matemático y mejorar la comunicación y gestión emocional, entre muchos otros procesos. ¡Por no hablar de tocar un instrumento, por ejemplo, que mejora enormemente el rendimiento cerebral del músico! Y es que la práctica de un instrumento activa ambos hemisferios cerebrales y potencia la creación de nuevas conexiones neuronales, mejorando con ello los procesos de concentración, memoria y aprendizaje. También se puede usar la música como elemento terapéutico en la disciplina de la musicoterapia, dado que desde los albores de la humanidad se ha comprobado cómo es capaz de influirnos modulando nuestra frecuencia vibratoria y, por ende, alterar nuestros estados emocionales y cómo actuamos en consecuencia. Como curiosidad, aquí te quería explicar un ejemplo del enorme poder sanador de la música a nivel físico, emocional, mental y espiritual reflejado en las variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach… ¡que las compuso sin ir más lejos para solucionar los problemas de insomnio del conde Hermann Carl von Keyserlingk!


Para nosotros la música es íntima compañera desde que estamos en el útero de nuestra madre, dado que el primer sonido que escuchamos es el del ritmo constante, cálido y seguro de su corazón. Una vez nacemos, el siguiente sonido que escuchamos es nuestro propio llanto, y a partir de ese momento... ¡la música no nos deja nunca!


Todo esto hace que la música se haya considerado sagrada desde que tenemos uso de razón como especie. El uso de sonidos cíclicos, como el del corazón de nuestra madre que comentábamos, se ha usado desde la antigüedad por parte de hombres y mujeres sabios de las tribus (también conocidos como personas medicina o chamanes) para entrar en trance y estados superiores de conciencia. Y para comprender este proceso vamos a hacer un pequeño paréntesis para estudiar nuestro querido cerebro una vez más y seguir desvelando sus misterios.


El trabajo incesante de las neuronas cerebrales resulta en la producción de electricidad (o energía) que se traduce en la creación de distintos tipos de ondas. Estas ondas se detectan gracias a un aparato que se llama electroencefalógrafo, y existen distintos tipos según su frecuencia (medida en Hercios o Hz, y aquí ordenadas de menor frecuencia y actividad cerebral a mayor):


  1. Ondas delta (1 a 3 Hz), asociadas al sueño profundo sin sueños.
  2. Ondas theta (3,1 a 7,9 Hz), asociadas a las primeras etapas del sueño, y promueven la relajación (también en estado de vigilia). Se dan también cuando llevamos a cabo actividades que implican nuestra imaginación.
  3. Ondas alfa (8 a 13 Hz), asociadas a un estado de relajación o reposo profundo en vigilia, sobretodo si tenemos los ojos cerrados. Son las ondas de la calma sin sueño, y que nos permiten por ejemplo entrar en momentos de meditación. 
  4. Ondas beta (14 a 29 Hz), asociadas al cerebro despierto en un estado de actividad consciente dónde llevamos a cabo actividades que requieren nuestra atención, y son las más frecuentes de todas.
  5. Ondas gamma (30 a 100 Hz), asociadas a una altísima actividad cerebral y procesos cognitivos superiores, como por ejemplo momentos de concentración o razonamiento intensos y respuestas a situaciones estresantes inesperadas.


También cabe destacar que las ondas cerebrales no reflejan la activación de una área cerebral en concreto, sino que nos muestran la actividad cerebral en su conjunto de un modo más o menos sincronizado. Y que se dan los cinco tipos de onda durante todo nuestro día, dependiendo de la actividad que estemos llevando a cabo en ese preciso momento.


En un estado de trance el cerebro emite ondas alfa, y cuando es profundo, theta. Como hemos visto al inicio de este artículo las vibraciones musicales ejercen un poderoso estímulo en nuestro cerebro y emociones, pudiendo llegar a alterar nuestras percepciones si son capaces de estimular la producción de ondas alfa y, sobretodo, tetha. Existen ritmos en concreto que actúan según los fundamentos de los pulsos neuronales y pueden embriagarnos, relajarnos y/o aportarnos bienestar. Y si los sincronizamos con los ritmos de nuestro corazón, su circulación, nuestra respiración y las emociones que sentimos en un momento determinado, podemos hasta llegar a sentir euforia y experimentar estados de conciencia expandida. 


Los chamanes recrean estos momentos para entrar en contacto con la Divinidad y acceder a estados superiores de conciencia y distintas dimensiones de conocimiento que les permiten traer al plano en el que viven la sabiduría que necesitan para guiar a su pueblo.


En distintas tradiciones espirituales del mundo podemos encontrar aún estos ciclos repetitivos y sonidos rituales en su música popular, que nos pueden ayudar a entrar en este estado de trance. Es el ejemplo de los ritmos de la música celta, los cánticos judios o el uso de mantras en la cultura budista. Será por esta razón que cuando escuchamos sus canciones… ¿nos apasionan tanto?


A por un 2021 en tus propios términos 💪

¿Quieres dar el siguiente paso en tu crecimiento personal y espiritual en una comunidad de almas que vibran como tú?

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